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Texto elaborado por: Juan Carlos Ecobar Sevilla

Desde esta pequeña tribuna a la que te agradezco que hayas llegado, me gustaría contarte con mucho orgullo que yo, desde el lugar que ocupo en BocaBoca, y dado que para mí es el mejor puesto de observación de la clínica, veo cada día un sinfín de cosas que, si hablara (o si tuviera voz, claro), daría para muchas anécdotas. No es por presumir, pero lo veo “toíto”. Las caras al entrar, los suspiros antes de la consulta, las sonrisas al salir… te contaría tantas cosas… Bueno, de hecho… algunas si que te las voy a contar.

Desde el comienzo del día, con el aire fresco (que me encargan de mantener en perfecto estado), voy observando con paciencia cómo las sillas de la sala de espera se llenan de caras quizás al principio no muy relajadas, hasta que, poco a poco, los pacientes empiezan a notar que en esta clínica hay algo diferente. Es curioso, porque muchos llegan con algo de miedo, o al menos con una pizca de nervios.

¡Ojo, que yo no soy psicóloga, pero lo noto! Ahí es cuando entra en acción el equipo de recepción y de atención al paciente. Yo los observo desde mi rincón, y os digo una cosa: tienen un don. Esa forma de levantar la vista, sonreír con los ojos, y preguntar con voz cálida: «¿Primera vez por aquí? Cuéntame, ¿en qué podemos ayudarte?»… Eso no lo hace cualquiera, ¿eh?

Lo que más me gusta de este proceso es ver cómo, con el paso de los minutos, los pacientes van dejando atrás algunas incertidumbres, y es que he visto muchas personas entrar con el ceño fruncido y salir dando las gracias, con la siguiente cita ya reservada y el gesto relajado. A los papás que vienen con los peques de la casa sabiendo lo importante que va a ser para ellos su primera vez en el dentista, los que vienen buscando ortodoncia, para alinear lo que el tiempo o la genética han movido por su cuenta, o quizás algún un implante para recuperar una pieza que ya se despidió hace tiempo, o incluso algo más que dientes: recuperar la sonrisa, la confianza, esas ganas de volver a mirarse al espejo sin esquivar el reflejo.

Y es que, aunque yo no pueda sonreír, os aseguro que cuando alguien vuelve a la semana siguiente saludando con familiaridad, o viene acompañado porque “le he dicho a mi prima que aquí me han tratado genial”… ¡se me pone hasta el color más intenso de alegría.!

La sensación es que en esos instantes, cuando mis hojas se mueven suavemente con el aire acondicionado y el sol malagueño entra por la ventana, iluminando toda la sala, siento que mi trabajo (nuestro trabajo) aquí, realmente vale la pena.

Porque aquí, en Bocaboca, no solo hay buen equipo clínico: también hay un grupo humano que sabe a la perfección lo importante que es dar el primer paso. Que saben escuchar, explicar, y acompañar, no creas que no lo sé bien por el simple hecho de que yo no pueda moverme. Qué importante es sentir que no eres un número ni una cita más, sino una historia a la que ayudar a sonreír de nuevo.

Así que si algún día pasas por aquí y te fijas en una figura verde, silenciosa pero con pinta de estar muy atenta… sí, probablemente sea yo, incluso si me miráis un poquito más de lo normal, podréis notar que estoy observando cómo vais ganando tranquilidad y claro, me siento un poquito orgullosa de ello… por eso siempre seguiré pensando: “¡Ay, qué gustito da trabajar en un sitio donde se cuidan tanto las personas!”.